Parecía
que el coche iba a reventar. Las ruedas bajaron hasta casi
conseguir arrastrar la barriga del auto por el suelo. Pero
aguantó. El coche con todos dentro se subió a
un barco y, después de un viaje a través del
mar, en el que vieron miles de gaviotas y hasta un delfín,
llegaron a la isla verde y olorosa.
Cuando su madre abrió la puerta de la casita blanca frente al mar que
habían alquilado, Cloti y María se declararon la guerra. Echaron
a correr por toda la casa para poder elegir la mejor habitación.
- ¡Mía!
- gritó Cloti cuando encontró la habitación
más grande. Como tenía las piernas mucho más largas
que María, había llegado antes que ella. Cloti se lanzó sobre
la cama y miró a su hermana con cara de pocos amigos.
-¡No
puedes estar aquí, éste es mi cuarto!
Así que a María
no le quedó más remedio que conformarse
con una habitación mucho más pequeña que daba al
norte. Desde allí no se veía el mar, aunque sí que
se escuchaba. El verano no había empezado muy bien. Y los malos
principios no suelen traer nada bueno. Y el verano de María se
complicó. Y se complicó porque
sus padres se empeñaron en poner el ordenador en el salón
y a ella delante del ordenador.
- ¡Tienes que repasar! Deberías tomar ejemplo de Cloti -dijo su
madre-. Este año has estado un poco floja en matemáticas y no
quiero que el año que viene vuelva a ocurrir.
Continuará...
